El dominicano promedio: un negro con la cabeza blanca

Elvin Calcaño Ortiz - 31 de octubre de 2016 - Fuente: ACENTO

 

República Dominicana es el país más negro de la América hispana. El dominicano promedio, fenotípicamente, no es otra cosa que un afrocaribeño. Su cuerpo es negro, en cambio, su cabeza es blanca. Al decir de Fanon, es un negro con máscara blanca que, en tanto ha asumido el relato de la modernidad que retrata lo negro como lo “menos humano”, construye su identidad desde el imaginario del conquistador (el hispano blanco). Estamos hablando de un extranjero en su propio cuerpo. De ahí que veamos cómo el dominicano se desvive por su “madre patria” española, erige monumentos a Cristóbal Colón y nombra sus avenidas con nombres de personajes europeos, mientras que ¿hay algo en el país que resalte, aunque sea mínimamente, la afrodescendencia dominicana? Afrodescendencia evidente al ver la cara del dominicano.

 

Hace poco miraba un vídeo de un programa de radio dominicano. Allí, un comentarista hablaba sobre lo que, entiende, significa el día del “descubrimiento”. Decía que la llegada de los españoles al “nuevo mundo” produjo “la entrada de las Américas a la civilización”. Esto, según su visión de la historia, porque Occidente fue “la primera civilización en salir del salvajismo”.En cualquier otro país latinoamericano, donde ese tipo de simplismos han sido superados, causarían estupor tales declaraciones. Pero no en República Dominicana. Al contrario, el que parecía ser el conductor del programa, un hombre negro, anotaba que había tenido problemas en Sevilla, España por haber dicho allí que los restos de Colón están en Santo Domingo. Fíjense: un negro yendo a España a reivindicar la figura de Colón. No me imagino un afrocubano o afroecuatoriano haciendo semejante ridículo precisamente en España.

 

El hecho de que el dominicano, aun siendo negro, se signifique en lo blanco, tiene su explicación histórica y epistemológica. Veamos. En 1492 llegan a esta parte del mundo los españoles. En esa época España se encontraba en medio de lo que se ha llamado “la Reconquista”. Proceso en el que los musulmanes perdieron Granada y los castellanos tomaron control todo el territorio hoy día español. Musulmanes y judíos fueron obligados, tras el triunfo hispano, a convertirse al catolicismo o los mataban o expulsaban en función de que “no seguían” al dios verdadero. Ese dato no es fundamental pues ahí inició un proceso que luego sería la base de nuestra colonización: la negación de la humanidad del otro no blanco. Esa lógica de deshumanización se instaló en las Américas, en principio, como se evidencia en el debate entre Las Casas y Sepúlveda acerca de la humanidad de los indios, por razones religiosas puesto que nuestros pueblos originarios adoraban dioses “falsos” según los españoles. En tanto no creían en el dios verdadero “no eran humanos” y, por consiguiente, se podían esclavizar. Diezmada la población originaria, en los africanos encontraron los españoles la mano de obra que necesitaban para explotar sus nuevos territorios.

El dominicano fue naturalizando de tal forma el relato racista que orienta su identidad nacional, que hoy día, el que el mayoritariamente negro pueblo dominicano no reivindique, sino que más bien niegue, su evidente afrodescendencia, no llama la atención de nadie en el país. Es algo “normal” que no se cuestiona. Si se cuestiona, como mínimo, acusan de “pro haitiano” y “traición”. Como seguramente ocurrirá conmigo.

Con el indio y el africano se creó la idea de raza. Una idea que nunca había existido en la historia humana. Si bien siempre hubo esclavitud nunca ésta se había fundamentado en cuestiones de raza. El indio y el negro quedaron, entonces, señalados como lo inferior a lo humano, siendo lo humano lo blanco, europeo y cristiano. El racismo no es otra cosa que una forma de clasificación desde una estructura de conocimiento (epistemología). El blanco europeo, a partir de las ventajas que supuso tener millones esclavos negros e indios trabajando para sí en las Américas, montó unas estructuras de conocimiento desde las que clasificó a las poblaciones no blancas. En ese contexto, lo negro se clasificó como “salvaje”, “sin historia” y por tanto “inferior” a lo humano”.

 

Esta lógica epistémica iba acompañada de un relato histórico en el cual lo europeo se situó como lo que “siempre” había sido lo civilizado. En este relato Grecia, “madre” de la filosofía, democracia y cultura elevada, fue una civilización que se “hizo a sí misma”. De los griegos la civilización pasó a los romanos y de éstos a los europeos, quienes, con el renacimiento, la ilustración y el capitalismo “llevaron”a sus más altas esferas. La colonización de otros pueblos por parte de Europa, se justificaba, en esa visión, como lo normal dada su “superioridad histórica” (invisibilizando que lo que conocemos como Occidente, antes del siglo XV, era una periferia irrelevante). Este discurso epistémico e histórico se naturalizó en el marco de las relaciones de poder instaladas tras la conquista del “nuevo mundo”. En el contexto de la destrucción de las civilizaciones de los pueblos originarios, la deshumanización del negro esclavizado y unas élites criollas que se beneficiaban del racismo, sobrevivió, más allá de las independencias, la colonialidad. Esto es, el modo de conocimiento e interpretación de la historia donde lo blanco se interpreta como ideal de lo humano. De forma que en las naciones hispanoamericanas que surgen de los procesos “emancipatorios”, las identidades nacionales se montaron a partir de esa mirada de la historia que privilegia lo blanco/europeo.

 

En República Dominicana el nivel de colonialidad es más fuerte que en el resto de países vecinos. Esto porque su independencia se gesta contra el Haití surgido de la Revolución Haitiana, la cual fue una revolución que reivindicó lo negro frente al relato moderno (de ahí el feroz ataque que sufrió a manos de los poderes imperiales de la época: porque verdaderamente cuestionó el sistema colonial que usaba el blanco para justificar la deshumanización del otro no blanco). Por tanto, el dominicano se adhirió a una hispanidad abstracta a fin de diferenciarse del haitiano quien era el negro y, en tanto negro, el “salvaje”. El dominicano era lo opuesto: no negro sino “hispano”, cristiano (creyente en el dios verdadero) y“civilizado”. La dominicanidad se montó a partir de una lógica de negación de lo negro. El dominicano, así las cosas, tiene un cuerpo negro, pero su cabeza, colonizada por el relato racista de la modernidad, es blanca/hispana.

 

En la medida que se fue asentando la dominicanidad, el dominicano fue naturalizando de tal forma el relato racista que orienta su identidad nacional, que hoy día, el que el mayoritariamente negro pueblo dominicano no reivindique, sino que más bien niegue, su evidente afrodescendencia, no llama la atención de nadie en el país. Es algo “normal” que no se cuestiona. Si se cuestiona, como mínimo, acusan de “pro haitiano” y “traición”. Como seguramente ocurrirá conmigo.

 

No es de extrañar, por consiguiente, que República Dominicana sea uno de los lugares del mundo donde se venden más suavizantes de cabello; donde las mujeres gastan fortunas para ponerse extensiones de cabello lacio y blanquearse con cremas; donde los hombres anhelan una mujer blanca para “limpiar la raza”; donde en la televisión casi todo el mundo es blanco mientras el pueblo es negro; y donde la élite rica, dueña del país y la que administra el discurso identitario con el que se significan los dominicanos de a pie, es totalmente blanca, no se parece en nada al dominicano mayoritario. Lo blanco es lo “bello” y representativo de lo “inteligente” en la mente colonizada del dominicano. Con el agravante de que tiene de vecino a Haití, el pueblo más negro de las Américas, malviviendo en la miseria con lo cual internaliza un entendido que automáticamente vincula la negritud con pobreza.

 

Las implicaciones de esta mentalidad son nefastas. El dominicano es un pueblo que, en tanto se desprecia a sí mismo, es fácilmente manipulable y cooptable, vía el populismo estatal que desde el trujillato han administrado las sucesivas élites dirigentes del país. Un pueblo que asume como lo normal su “inferioridad” e “incapacidad” de pensar por sí mismo. Trujillo manipulaba el pueblo con el imaginario autoritario que manejaba desde el poder y vía la repartición de migajas entre una masa empobrecida. Balaguer hizo exactamente lo mismo. El PLD, continuación estructural, histórica y simbólica del trujillato-balaguerismo, más de 60 años después, hace lo mismo también. Tenemos un paíspetrificado en relaciones de poder internas propias de otros siglos. De ahí que la gente sigue mirando, de lejos y enajenada,lo que hacen con su país unas élites dominantes (económicas) y dirigentes (políticas) que, para vivir en el privilegio, excluyen las mayorías vía la interiorización mental que propician.

 

Las injusticias que persisten en el país tienen su causa principal, como hemos visto, en esa dominicanidad colonial y racista. Y, a su vez, en el sujeto que de ellas se deriva el cual se desprecia a sí mismo, y, por tanto, es incapaz de empoderarse de su destino y movilizarse por un país donde pueda vivir mejor. ¿Qué hacer para cambiar eso? Primero, asumir una mirada crítica de la historia, ¿qué es eso que nos han contado y hemos naturalizado? Segundo, cuestionar, como hacen países de la región que han reconocido su multiculturalidad y multietnicidad, lo que es ser dominicano en pos de definir otra identidad que incluya lo negro en igualdad de importancia a lo hispano/blanco. Tercero,reconocer que la modernidad se montó en base a la matanza, esclavitud y saqueo de otros pueblos y que, por tanto, no podemos significarnos en ese único relato el cual tiene sus cosas buenas pero muchas malas.

 

Esto lo lograremos con una educación emancipadora que en lugar de enseñar a obedecer normas y aprender conocimientos terminados, ayude al individuo a liberarse y le provea herramientas para el goce de su autonomía personal. Una educación que parta del reconocimiento de que la historia humana es más diversa y compleja de lo que cuenta el relato que, para beneficio de ellos mismos, montaron los europeos durante la colonización. En esa otra visión histórica veremos cómo Grecia no se hizo a sí misma (su filosofía, matemática y arquitectura venían de Egipto y su escritura de Fenicia) y que África negra es mucho más que el rosario de miserias que nos han hecho creer: negra fue la primera gran civilización compleja de la historia conocida, Egipto, cuyos dirigentes todos fueron negros desde Manes hasta la llegada de los persas, y negras eran sus nociones religiosas (invito a leer Black Atheneade Martin Bernal).

 

Con ello introduciremos un nuevo relato sobre nuestra historia, y de él surgirá una nueva dominicanidad. Una dominicanidad sin jerarquías en el orden de lo históricamente humano; que no niegue lo que de africanos orgullosamente tenemos, que celebre como bueno, bello y rico la negritud. Una dominicanidad que nos haga celebrar y amar nuestras caras y cuerpos y desde ahí enunciar, con seguridad y orgullo, lo que somos. Una dominicanidad que propicie la liberación verdadera que es aquella que hará, al pueblo mayoritario, ese que hoy malvive en la exclusión, dueño de su propia Patria y convencido de que en el convivir con el otro,desde lo colectivo y la generosidad, es que se puede construir un país realmente desarrollado en todos los ámbitos y protagonista en su entorno caribeño, latinoamericano y en el mundo.

 

 

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